La psicóloga clínica Cristel Montenegro, partiendo de su propia experiencia como psicóloga clínica, reflexiona sobre tres
preguntas fundamentales: por qué amamos de la manera en que amamos, cómo se configuran las relaciones amorosas desiguales y de qué manera podemos construir vínculos más saludables desde la conciencia, el autoconocimiento y la responsabilidad afectiva. A través de esta trilogía de artículos conectados entre sí pero independiente en sí mismos, se busca aportar herramientas para comprender nuestras experiencias amorosas y promover relaciones más equitativas, libres y conscientes.
Esta serie de tres artículos propone una mirada crítica y sensible sobre nuestras formas de amar: de dónde vienen, cómo pueden volverse desiguales y qué caminos podemos construir para vivir vínculos más conscientes, libres y recíprocos.
Primera parte: ¿Por qué nos enamoramos de quién nos enamoramos?
Muchas personas dicen que no entienden por qué siempre se enamoran del mismo tipo de persona. Cambian los nombres, cambian las historias y cambian los escenarios, pero algo se repite: vínculos que no terminan de funcionar, relaciones que duelen más de lo que sostienen o elecciones afectivas que, con el tiempo, empiezan a sentirse demasiado familiares, incluso cuando no son sanas.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a pensar el amor como algo espontáneo, casi mágico, como si simplemente ocurriera sin mayor explicación. Sin embargo, esta forma de entenderlo resulta limitada, porque deja por fuera una dimensión fundamental: el amor también se aprende. Nuestras elecciones afectivas no son completamente aleatorias ni puramente emocionales; están profundamente influenciadas por la historia personal, los vínculos tempranos y los contextos socioculturales en los que crecemos.
Muchas personas se preguntan por qué repiten historias que conscientemente dicen no querer. A veces no buscan sufrimiento, pero terminan eligiendo vínculos que les resultan emocionalmente conocidos. Por eso, más que juzgar las elecciones amorosas, es necesario comprenderlas. Detrás de muchas decisiones afectivas hay memorias, aprendizajes, mandatos y heridas que necesitan ser miradas con profundidad.
Desde la psicología del desarrollo, la teoría del apego ha sido una de las propuestas más importantes para comprender la forma en que los primeros vínculos influyen en la vida afectiva adulta. El psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby, nacido en 1907, desarrolló esta teoría en el contexto de sus investigaciones sobre infancia, separación y pérdida. Bowlby planteó que los vínculos tempranos con las figuras de cuidado no solo garantizan protección física, sino que también organizan formas profundas de seguridad, confianza y conexión emocional (Bowlby, 1969).
Posteriormente, la psicóloga canadiense-estadounidense Mary Ainsworth, nacida en 1913, amplió estos planteamientos a través de investigaciones empíricas que permitieron identificar distintos patrones de apego en la infancia. Sus estudios mostraron que la manera en que una niña o niño experimenta la disponibilidad, la respuesta y la sensibilidad de sus figuras cuidadoras puede influir en la forma en que aprende a buscar cercanía, expresar necesidad o reaccionar ante la distancia afectiva (Ainsworth et al., 1978).
Estos aportes resultan claves para pensar las relaciones de pareja, porque las experiencias tempranas no solo se recuerdan: también se encarnan. Configuran formas de acercarnos, de pedir afecto, de reaccionar ante la distancia, de interpretar el silencio o de vivir el conflicto. Una persona que creció en un entorno donde el afecto fue relativamente consistente puede desarrollar mayor confianza en los vínculos; en cambio, alguien que experimentó inestabilidad, abandono emocional o respuestas impredecibles puede tender a vivir el amor desde la ansiedad, la duda o la necesidad constante de afirmación.
Ahora bien, la teoría del apego no debería usarse para encasillar a las personas ni para convertir la infancia en una condena. Desde una mirada clínica, el apego nos ayuda a comprender, no a sentenciar. Nos permite preguntarnos qué aprendimos a esperar del amor, qué nos activa emocionalmente, qué tipo de distancia nos angustia y qué formas de cuidado nos resultan difíciles de recibir. La historia deja huellas, sí, pero también puede ser elaborada, resignificada y transformada.
Una de las consecuencias más relevantes de estos aprendizajes es la repetición. Con frecuencia, no elegimos solamente desde lo que nos hace bien, sino desde lo que nos resulta conocido. Esto puede expresarse en relaciones en las que se repiten dinámicas similares: parejas emocionalmente no disponibles, vínculos inestables, relaciones marcadas por la incertidumbre o escenarios donde el esfuerzo por sostener el vínculo recae de manera desigual.
Desde enfoques contemporáneos de terapia de pareja, la psicóloga clínica británica Sue Johnson, reconocida por el desarrollo de la Terapia Focalizada en las Emociones, ha planteado que las relaciones adultas activan necesidades emocionales profundas asociadas al apego. En su propuesta, los conflictos de pareja no se comprenden únicamente como problemas de comunicación, sino como intentos —a veces torpes o dolorosos— de buscar seguridad, conexión y respuesta emocional en la otra persona (Johnson, 2008).
Muchas personas no repiten un patrón porque “les guste sufrir”, sino porque el cuerpo emocional reconoce como familiar una forma de vínculo que ya aprendió. Una persona puede saber racionalmente que merece tranquilidad, reciprocidad y cuidado, pero sentirse atraída por relaciones que le exigen demostrar constantemente su valor. Esto muestra que el cambio afectivo no ocurre solo desde la comprensión intelectual; también requiere límites, autoestima y nuevas experiencias vinculares.
A la historia personal se suma el contexto cultural. En Centroamérica, las relaciones afectivas han estado atravesadas por mandatos vinculados al autoritarismo, la desigualdad de género, el sacrificio, la dependencia económica, la culpa religiosa y el silencio emocional. En muchos casos, se enseña —de manera implícita o explícita— que amar es aguantar, ceder, callar o priorizar al otro por encima de una misma.
Por eso, si solo hablamos de apego o de heridas personales, corremos el riesgo de psicologizar problemas que también son sociales. Muchas formas de sufrimiento amoroso no nacen únicamente de una historia individual, sino de una cultura que ha romantizado el sacrificio, ha normalizado la desigualdad y ha enseñado a muchas personas a permanecer en vínculos que las reducen. Hablar de amor también implica hablar de poder, género, autonomía y condiciones materiales de vida.
Cuando estos aprendizajes personales y culturales no se cuestionan, puede surgir una confusión importante: asociar el amor con la intensidad emocional, incluso cuando esa intensidad implica malestar. Así, la ansiedad puede interpretarse como deseo, la inestabilidad como pasión, los celos como prueba de interés y la incertidumbre como profundidad. Sin embargo, un vínculo no es más profundo porque duela más. A veces, precisamente, empieza a ser más sano cuando deja de doler tanto.
El amor no es algo que nos ocurre por casualidad, sino que se basa en una decisión que parte de nuestra propia historia personal, por lo tanto, si el amor se aprende, también puede revisarse. Resulta imperativo que desde una mirada racional y reflexiva entendamos porque escogemos a las parejas que escogemos y al hacerlo se abre una posibilidad dejar de vivir el amor como destino inevitable y empezar a construirlo como una decisión más consciente. Solo desde la conciencia y el autoconocimiento podemos construir vínculos sanos que no anulen nuestra esencia, estableciendo como prioridad innegociable nuestro bienestar.