El ecofeminismo nos marca los límites

El ecofeminismo nos marca los límites

                                                                                                                             Por: Mª Ángeles Fernández.

                                                                                                                             Ilustración de Jimena García Vargas.

Redactar un artículo para un medio de comunicación escrito siempre suponía un reto para afrontar los límites. En el papel, los espacios son los que son y las palabras tenían que caber en la caja de texto de la maqueta. No había más. Lo que no cabía, no se podía contar porque no se iba a leer. Con la popularización de los medios online los textos dejaron de ser finitos.

La globalización, muy ligada al desarrollo de internet, rompió muchos límites, comprimió los tiempos, y estrujó las tareas. Ahora, todo cabe. O eso parecía. Las prisas, la inmediatez y la instantaneidad han borrado los impases y los tiempos de espera, también algunas barreras. Todo cabe, pero no hay espacio para nada. Ni en las cabezas ni en los cuerpos.

El activismo feminista, que se ha nutrido últimamente de la fuerza de las redes sociales, nos recuerda que las vidas hay que ponerlas en el centro, que los cuidados, que han sido siempre el eje de cualquier economía (aunque no se haya contado), requieren espacio público y mediático, y que los cuerpos son vulnerables y exigen atención. Pero, ¿cómo encajar eso en los agobios modernos?, ¿cómo buscar sosiego durante un bombardeo de imágenes y mensajes constantes?

PONER LA VIDA EN EL CENTRO 

Poner la vida en el centro es hablar de límites, es asumir que un cocido necesita fuego lento, es pensar que las heridas duelen y que la sanación requiere dilatación, es dormir para poder soñar, es sosegar para poder caminar. Poner la vida en el centro, a veces, puede asemejarse a escribir una crónica para un periódico impreso, allí donde el espacio era el que era y punto. No hay más, cuida lo que tienes. Pero no solo.  

La dependencia de los cuidados que tenemos los seres humanos no es única. La naturaleza, nuestra casa, nos recuerda cada rato que no podemos obviarla. ¿De qué depende la vida humana? La pregunta no esconde trampa alguna. De hecho, la respuesta es corta, pero compleja: ecodependencia, concepto que la antropóloga Yayo Herrero, siempre didáctica en sus intervenciones, remarca como imprescindible, porque “en una superficie físicamente limitada nada puede crecer ilimitadamente”. Pues eso.

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar nuevamente a Yayo Herrero y pensé que no haría falta sacar el cuaderno porque no era la primera vez que acudía a su convocatoria. Me equivoqué: “Los seres humanos somos ecodependientes e interdependientes porque la vida humana está encarnada en cuerpos que hay que cuidar”, dijo. Así de sencillo se entiende cómo encajan los feminismos y la ecología o, bueno, así de fácil se entiende lo que es el ecofeminismo.

Lo puedo explicar de otro modo, las mujeres han sido quienes han atendido las vidas vulnerables y quienes han asumido los límites, tanto humanos como de la naturaleza; incluso los del modelo económico, que ha crecido gracias al trabajo invisibilizado e incluso repudiado de los cuidados. ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? es un título muy recurrente de un libro de Katrine Marçal. Son las mujeres las que han sostenido la vida.

MUJERES DEFENSORAS DE DERECHOS HUMANOS. CLARO EJEMPLO DE ECOFEMINISMO

“Estamos en un modelo económico y cultural que mira los cuerpos y la naturaleza desde la exterioridad, la superiodidad y la instrumentalidad”, apunta Herrero. La cosificación de las mujeres y de la naturaleza ha sido la base que ha sostenido la economía capitalista, y con ello el modelo político y social. Y eso me lo han recordado muchas mujeres defensoras de derechos humanos de América Latina a las que he podido entrevistar y sobre las que he podido escribir. Sus luchas contra múltiples modelos del mal llamado ‘desarrollo’ son un ejemplo claro de ecofeminismo, la alianza entre las prácticas feministas y las ecologistas. 

Vidalina Morales ha participado de manera activa en la lucha ciudadana contra la minería metálica en El Salvador. Después de 12 años de resistencias, aprendizajes, mucho dolor (varias personas fueron asesinadas) y mucho trabajo, en el país se aprobó una ley única en el mundo que prohíbe esta práctica. Todo un ejemplo del que podemos tomar nota en otros territorios amenazados por modelos económicos que buscan estrujar aún más la naturaleza, obviando sus límites, para enriquecer a unos pocos. No hay que mirar lejos.

“Luchamos por liberar esos dos espacios: primero este cuerpo que es llamado cuerpo-vida y también el cuerpo-físico, que lo llamamos territorio.”

“Entendemos estas luchas también en defensa de nuestros cuerpos. El primer espacio para liberar es el cuerpo, que me pertenece y es mío. Y a este sistema no le es grato que una mujer se libere de toda esa imposición que históricamente nos han venido imponiendo y que nos imposibilita a salir a espacios públicos y a tener voz propia y a liberarnos de todas esas ataduras que nos impiden ejercer un verdadero liderazgo. Luchamos por liberar esos dos espacios: primero este cuerpo que es llamado cuerpo-vida y también el cuerpo-físico, que lo llamamos territorio”, me contó Morales. Y lo dijo de manera tan humilde que obviaba el aporte filosófico de sus palabras. “En la Red Latinoamericana de Mujeres Defensoras buscamos estrategias de autocuidado, porque entendemos que nosotras como mujeres no somos espacios aislados de nuestros ecosistemas, de nuestros entornos. Con nuestras luchas estamos librando una lucha contra el patriarcado y contra el modelo machista”, añadió. Y yo solo pude anotarlo para contarlo..

La necropolítica, esa que gana con la muerte de la gente, busca entre otras cosas vaciar los territorios, dejarlos sin vida para facturar millones sin oposición. No quiere resistencia, no quiere ecofeminismos, no quiere rebeldías que defiendan las vidas. Quiere “expulsiones”, como diría Saskia Sassen. Esa política fue la acabó con la vida de Berta Cáceres, defensora hondureña de los ríos y de la tierra; esa política expulsó su cuerpo, pero no su legado.

“Somos seres surgidos de la tierra, el agua y el maíz (…) Dar la vida por la defensa de los ríos es dar la vida por el bien de la humanidad (…) Despertemos. Despertemos humanidad. Ya no hay tiempo, nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de estar solo contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarca (…) Construyamos sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida. Juntémonos”. Estas son algunas de las palabras que pronunció Berta Cáceres al recibir el Premio Goldamn en 2015, todo un alegato ecofeminista que sigue resonando.

Mi libreta, que no es infinita, que también tiene límites, tiene anotada otra frase de Yayo Herrero: “Son tiempos para no estar solas”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com

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