El lenguaje inclusivo o la guerra de las mil batallas

Decía la filósofa Celia Amorós que el que tiene poder es el que nombra las cosas. Atentas al masculino de la frase anterior, que no es genérico. Considerar que “el hombre” incluye al varón y a la mujer o que el género masculino abarca a todas las personas supone instalar una cosmovisión en la que el varón es considerado como el sujeto universal.

Decía la filósofa Celia Amorós que el que tiene poder es el que nombra las cosas. Atentas al masculino de la frase anterior, que no es genérico. Considerar que “el hombre” incluye al varón y a la mujer o que el género masculino abarca a todas las personas supone instalar una cosmovisión en la que el varón es considerado como el sujeto universal. Creer que hablar de mujeres y hombres es suficiente para que todas estemos representadas es insuficiente. La necesidad de un uso no sexista del lenguaje ha sido ridiculizada y parodiada hasta la saciedad, también por los ilustres miembros de la Real Academia Española. Nos dicen que el lenguaje inclusivo es ortopédico, redundante y que atenta contra reglas básicas de la comunicación, como la economía del lenguaje. Las propuestas feministas de deconstrucción del lenguaje para que las personas trans estén representadas también son cuestionadas por otras feministas.

Parece que la deconstrucción del lenguaje es uno de los principales y más duros retos que tenemos por delante. Las periodistas feministas tenemos que liderar este proceso de transformación social.

El lenguaje importa, porque es reflejo de una construcción del pensamiento androcéntrica, pero también porque cuando hablamos en masculino tendemos a pensar en masculino. Es decir, el lenguaje refleja pero también refuerza esa mentalidad androcéntrica. El lenguaje no es ajeno al contexto en el que se desarrolla. Androcentrismo es el término que se utiliza para explicar que el mundo -y también el lenguaje- se construye a medida y semejanza de los hombres.

En todo caso, el uso sexista del lenguaje no sólo tiene que ver con el masculino como genérico. Además, provoca asimetrías entre hombres y mujeres en las que el trato hacia ellas es más informal. Así, nos encontramos ante titulares en los que hablan de “Rajoy y Soraya” o “los hombres del Athletic vs. las chicas de Athletic”. Da igual la edad que tengamos y a qué nos dediquemos, chicas.

El paternalismo se hace muy presente también en el lenguaje. ¿Por ejemplo? El consabido “mujeres y niños”. Cuando en una ofensiva militar mueren 139 civiles, y se decide destacar que 23 eran niños y 15 mujeres, ¿por qué nos parece menos grave o destacable que murieran 101 hombres civiles? Esa lectura, que supuestamente es “de género”, en realidad es androcéntrica, porque sigue considerando a los hombres como lo neutro y a las “mujeres y niños” como los otros sujetos a los que hay que nombrar aparte.

Los 3 errores más habituales en los medios de comunicación

1. Los errores de concordancia: en muchas ocasiones al hablar de gente o de personas (palabras de género femenino) se producen saltos referenciales al masculino

‘Una persona de 38 años, de nacionalidad francesa, ha sido detenido en Irún’.

2. Hablar de las mujeres o desde las mujeres en masculino:

‘Las manualidades de mi niña son dignas de un artesano profesional’. ¿Por qué no son dignas de una artesana profesional?, nos preguntamos.
‘Lo que más me gusta de mi trabajo es que soy mi propio jefe’. Lo dice una mujer, así que ¿no será su propia jefa?

3. El salto referencial: se da cuando descubrimos que una expresión en masculino, que supuestamente funcionaba como genérico, en realidad se refiere sólo a los hombres o toma como referencia a los hombres.

Más allá del uso no sexista del lenguaje

Un uso sexista relativo a la diversidad sexual es la tendencia de usar “los homosexuales” como genérico que incluiría supuestamente a las lesbianas o incluso a toda la comunidad LGTBI (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales e intersexuales).

Un enfoque heterosexista sería referirse a “la violencia en parejas jóvenes” sin especificar que solo se va a abordar la realidad de las parejas jóvenes heterosexuales. En los medios de comunicación resulta también muy frecuente encontrarnos con una gran confusión a la hora de nombrar a las personas transgénero y transexuales.

El debate sobre la transfobia y la transmisoginia (odio hacia las mujeres trans) está más presente que nunca en los entornos feministas. Un sector importante del movimiento feminista se ha mostrado radicalmente en contra de adaptar el lenguaje y el discurso a la propuesta de las mujeres trans. En algunos casos, esgrimen argumentos como la corrección lingüística o la economía del lenguaje. ¿No os suena a Pérez Reverte?

El enfoque interseccional es una asignatura pendiente en la mayoría de las guías de comunicación no sexista.

Muchas autoras están sustituyendo el concepto “uso no sexista del lenguaje” por “uso inclusivo del lenguaje”, como manera de transmitir que hay que vigilar los sesgos sexistas pero también los heterosexistas, los racistas o los capacitistas. Este enfoque interseccional es una asignatura pendiente en la mayoría de las guías de comunicación no sexista. En Pikara Magazine tenemos muy identificado el lenguaje sexista y sabemos cómo evitarlo, pero aún estamos en proceso de aprendizaje, y por eso eso puede que se nos escape algún ejemplo, para identificar el cisexismo, el especismo o expresiones rechazadas por las activistas en salud mental. ¿Es adecuado decir que algo es delirante?, ¿nos saltan las alertas cuando leemos que algo es una burrada? Aprendemos de las aportaciones y debates de los distintos movimientos sociales, que van por delante de las recomendaciones y directrices de las academias y fundaciones de la lengua.

Algunos consejos prácticos

  1. Un medio feminista es consciente de la importancia de visibilizar a las mujeres en la lengua. Pedimos a las colaboradoras que eviten el uso del masculino genérico, recurriendo a universales y genéricos o a fórmulas para evitar marcas de género. Caben otras propuestas como alternar masculino genérico y femenino genérico en el texto. Evitarán abusar de desdoblamientos que puedan cansar a las lectoras.
  2. En las comunicaciones en redes sociales, apostamos por el uso del femenino como genérico: hablamos de nuestras lectoras, colaboradoras y socias. Por coherencia hacia una comunidad pikara formada mayoritariamente por mujeres y por justicia histórica ante el abuso durante siglos del masculino como genérico.
  3. Nos parece también positivo el uso de la ‘e’ a modo de género neutro para referirnos a personas no binarias, a personas cuya identidad de género desconocemos o como uso inclusivo (ejemplo: “Queremos hacer de nosotres, no de lo que somos para vosotres”). Igualmente, como este uso aún no está extendido, proponemos usarlo con moderación, alternándolo con otros recursos de lenguaje inclusivo.
  4. Preferimos la ‘e’ a la ‘x’ porque es más legible y accesible en cuestión de diversidad funcional. Admitiremos la x siempre que sea utilizado como la marca de un planteamiento político que huye del binomio mujer-hombre.
  5. Si doblamos el género, nombraremos en primer lugar el femenino: niñas y niños.
  6. Evitar frases hechas sexistas, clichés como “el oficio más antiguo del mundo” para referirse a la prostitución.
  7. Evitar hablar de “la mujer”, mejor el plural “las mujeres”. No somos un colectivo, sino la mitad del mundo.
  8. La lesbofobia, la bifobia y la transfobia son formas de violencia específicas, no usar homofobia como genérico sino LGTBfobia. La transmisoginia también es una forma de odio específica que afecta a las mujeres trans.
  9. Evitaremos las referencias a la genitalidad o a otros rasgos biológicos como rasgo definitorio del género: ‘campo de nabos’, ‘un debate lleno de testosterona’…
  10. Cuando estemos hablando de una realidad que solo afecta a las mujeres cisgénero o a las heterosexuales, lo explicitaremos. De lo contrario, estaremos incurriendo en cisexismo o heterosexismo. Por ejemplo, en un texto sobre maternidad, no decir que “lo que distingue a las mujeres es que solo nosotras podemos gestar, parir y lactar”. O hablar de “cuerpos menstruantes” en vez de mujeres a secas en un texto sobre menstruación. O en un texto sobre conciliación que solo se refiere a parejas heterosexuales, señalarlo de entrada.
  11. No es lo mismo transexual que transgénero. Proponemos usar el término paraguas trans o trans* cuando queremos englobar las distintas identidades trans o no conocemos qué término prefieren las personas a las que nos referimos.
  12. Trans, musulmana o migrada son adjetivos, no sustantivos, salvo que la persona a la que nos referimos se nombre así. Es decir, hablar de “las mujeres trans” y no de “las trans” a secas. Hablar de “las muertes de personas migrantes en Frontera Sur”, etc.
  13. Somos partidarias del uso político y reivindicativo de términos supuestamente peyorativos, como marica, bollera, moro, trava, tullida, etc. cuando se hace con esa intención por parte de las personas.

Fuente original: https://www.pikaramagazine.com/2020/01/el-lenguaje-inclusivo-o-la-guerra-de-las-mil-batallas/?fbclid=IwAR2xPSnJ3F85tEu7pO7W-5Bkt_mIOEeRfbV8nZQWOSfBfGmDfonGREQ4rUg

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La Plataforma Regional Género y Metodologías es un espacio de comunicación e intercambio cuyo propósito es contribuir a fortalecer los procesos de cambio hacia relaciones de género justas y sostenibles en la región centroamericana. La Plataforma es administrada por Cantera Nicaragua.

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